El periodismo, una profesión desprestigiada

Es la profesión periodística una profesión hermosa, una profesión que obliga a observar, a analizar y a transmitir. Tan hermosa como difícil, sobre todo cuando el profesional se siente como una marioneta con poca voz y ningún voto en medio de encarnizadas luchas de poder en las que el control de los medios de comunicación es esencial. Es ahí cuando pierde buena parte de su sentido, cuando lo que se hace no es periodismo, es otra cosa a la que resulta complicado ponerle nombre.

El periodismo, lamentablemente, hoy es una profesión que goza de muy poco prestigio. Y no puede extrañar cuando la libertad de expresión en el ámbito periodístico queda coartada. No hay censura, faltaría más, pero sí hay mordazas, verdades a medias, informaciones parciales con un objetivo claro y, a veces, algo que aún es mucho peor: la autocensura.

Ser periodista ya no es lo que era. Ahora en los estudios universitarios deberían incluir una asignatura sobre cómo satisfacer las exigencias de quien te paga sin sentirte como un pelele. Porque el periodista también come, y, por mucho que quiera ser independiente, no puede serlo. Porque en esencia el periodismo es independencia, es libertad, pero ejercerlo así es otra historia.

Y no hablamos de esos periodistas que escriben en columnas de opinión. La opinión es opinión y la información algo completamente diferente que hoy es muy difícil de encontrar. Porque la información se tergiversa y manipula de mil maneras diferentes para que se ponga al servicio de un poder en particular o de un grupo de presión. Se mastica y se da digerida para evitar que el receptor haga algo tan peligroso como pensar.

Un escenario nada halagüeño para quien tiene la noble intención de ejercer el periodismo en su sentido más puro. Informar, en el sentido verdadero del término, es casi una quimera y la profesión de periodista algo que ha perdido casi todo su valor. Y en un país democrático eso es una auténtica tragedia.